jueves, julio 28, 2011

Doña Teresita

Teresa IzquierdoNunca fui a su restaurante, siempre quise conocerla y también a otros grandes cocineros, para poder decirles cuantos los admiro y respeto, en especial a ella, morena linda de manos benditas, la recuerdo y mi corazón se conmueve, verla con tanto amor regalar sin temor sus secretos con una sonrisa a flor y con una mirada pura, serena.

Teresa Izquierdo
Doña Teresita ¿Porqué nunca fui a estrechar sus santas manos morenas? nunca lo sabre, solo me toca lamentarlo, donde este mi morenita linda le deseo paz y felicidad.

Los peruanos te debemos tanto que no nos alcanzará la vida para agradecerte y me alegra el alma saber que disfrutaste del reconocimiento después de toda una vida de trabajo duro, revaloraron tu trabajo y muchos cocineros aprendieron de ti no solo a cocinar  y mejorar sus estilos, sino que también a ser mejores seres humanos gracias a tu maravilloso ser. Tengo que ir a tu local y comer tu tan amado frejol con seco de cabrito, tu plato favorito, es una promesa.

Descansa en paz Doña Teresita.

Juan Carlos Matienzo Flores



Teresa Izquierdo
                                                 (Foto: Yael Rojas / Archivo El Comercio)

TATIANA PERICH (@TatianaPerich)
Redacción Online

Sus manos morenas hicieron de la comida criolla la favorita de todos los comensales – presidentes incluidos – que durante más de 30 años se sentaron en las mesas de su restaurante, El Rincón Que No Conoces.

Como muchas de nuestras madres y abuelas, Teresa Izquierdo (10 de marzo de 1934) aprendió a cocinar en su casa cuando era niña. Su madre, una cocinera de Cañete, la guió de la mano entre las ollas y sartenes, y cultivó la sazón que innegablemente había heredado –y que ahora reposa en su hija Elena Santos.

El primer hito gastronómico de su vida fue el día en que, con tan solo 8 años de edad, tuvo que reemplazar a su madre, quien había enfermado, e ir a cocinar a una casa de la Av. Arequipa para una familia entera. Ese día, el menú fue asado con ensalada, lentejas y ‘sopa servida’, y de postre, pie de limón. Ese día, Teresa se ganó el título de cocinera.

Su historia poco a poco se fue hilvanando con naturalidad, pero con mucho esfuerzo y ganas de salir adelante. A los 10 años, preparó su primer ají de gallina a los 14, le llegó el turno a carapulca. Y así, poco a poco, fue dominando el arte de la cocina criolla tradicional.

Su madre, doña Luz Divina Maximina, no quería que su hija le siguiera los pasos y se dedique a la cocina. Así que la joven Teresa le hizo caso e intentó estudiar obstetricia. “Pero cuando vi a un niño nacer me desmayé”, contó en una entrevista.ESE RINCÓN

Doña Teresa hizo de su sazón un negocio propio antes de inaugurar su restaurante. A inicios de 1960, empezó a vender picarones, anticuchos y cau cau en las peleas de gallos de Camacho. Los frejoles con seco, aquellos que muchos consideran su plato de bandera, los ofrecía en la Feria Agropecuaria de La Molina.

El Rincón Que No Conoces abrió sus puertas el 26 de abril de 1978, en un local de Lince, distrito en el que nació y en el que vivió durante los 77 años de su existencia. Al inicio, sus clientes eran obreros que trabajaban en una construcción cercana. Luego, el boca a boca hizo lo suyo.

“Las bondades de la sazón de doña Teresa, su respeto estricto por las maneras tradicionales de preparar nuestra comida fueron, primero, un rumor entre sus comensales y, con el transcurso de los años, una verdad de esas que no se cuestionan”, narra la introducción del volumen de la colección “Nuestros grandes chefs”, publicada por El Comercio, dedicado a esta morena cocinera.SABROSO LEGADO

Convencida de que la comida criolla debe de ser abundante, ‘Tía Tere’, como la llaman con cariño algunos cocineros, hizo de varias de sus recetas una irresistible tradición.

“Para un cocinero no hay mayor satisfacción que ver cómo el plato de comida regresa limpio a la cocina. A veces un señor se come hasta el hueso del cabrito, no le deja ni al perro. “Aunque sea no le cobren la chicha”, digo, y me dan unas ganas de salir aplaudiendo de la cocina…”, dijo en una oportunidad.

Durante los últimos años, que justamente coincidieron con el “boom” de nuestra gastronomía, esta gran cocinera que nunca perdió la humildad se dedicó a compartir toda su experiencia con nosotros, y el país entero agradeció con premios, reconocimientos, galardones, ovaciones, abrazos y sonrisas sinceras.

Cada vez que le pedían un consejo o un secreto, este ícono de la cocina peruana respondía: “hagan las cosas siempre con amor”. Ella siempre lo hizo así. Por eso, su sazón -y sus frejoles- siempre quedará en nuestros corazones y en la memoria de nuestros paladares.


"Para cocinar hay que tener buena mano"


Despedida a Doña Teresita